Refrigerio en la EPG-UNE

Un gesto de gratitud

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Los días previos al examen de admisión en la Escuela de Posgrado de la Universidad La Cantuta (EPG-UNE) fueron un loquerío. No solo había muchas cosas que organizar sino que además había que orientar a los postulantes que, al ser personas mayores en su mayoría, no tienen el mismo dominio o soltura en el uso de las computadoras que podrían tener los más jóvenes que postulan a pregrado. Para estas personas, pues, hubo que dedicar un tiempo adicional tanto para registrarse en el sistema de admisión como además para cosas más «elementales» como sacar la arroba en el teclado para ingresar su correo.

Uno podría pensar que, al tratarse de postulantes a una maestría o un doctorado, se trata de personas con un buen poder adquisitivo y que pueden permitirse al menos una computadora para trabajar. O al menos una tablet. Pero tener un equipo de estos no te convierte automáticamente en un hábil usuario de estos. Es como decir que por instalar Photoshop en mi computadora me convertiré en un diseñador gráfico experto (al margen de que yo prefiera usar GIMP pero ese ya es otro tema xD).

Volviendo al relato, y pasada ya la conmoción del día central, hoy los flamantes ingresantes han comenzado ya sus clases. Y fue una de ellas (una amable señora ya algo mayor) que llegó un buen día a la oficina de informática donde me encontraba trabajando. Al principio, debo confesar, no me percaté de su presencia, dado que después del examen ya todas las consultas eran atendidas por el personal de la EPG-UNE al no referirse al sistema de admisión (temas como toma de fotos, horarios o ubicación de aulas). pero no, la señora dijo que había llegado específicamente para verme a mí.

Fui a recibirla, aún sin saber para qué me quería ver (pues mi labor se reducía netamente al proceso de admisión que para esa fecha ya había concluido). Y ella me dijo «Usted me ayudó con la computadora a inscribirme, ¿se acuerda? Le agradezco mucho su ayuda, y vine a traerle este pequeño refrigerio, ¿le gusta la Coca-Cola?»

Quedé sorprendido, y aunque le dije que no era necesaria la molestia, acabé aceptando el regalito (tampoco era cosa de desairarla con tan amable gesto). Y tras darme la botella de gaseosa y una bolsita de papel con un queque dentro, la señora se despidió entre risas.

Y esto me deja varias reflexiones. La primera, que hay personas que necesitan una ayuda u orientación adicional para determinadas tareas, aun cuando para nosotros esas mismas tareas las hacemos casi de forma natural. No todos nacemos sabiendo, y no todos tenemos las mismas habilidades o facilidad de aprendizaje.

La segunda, que los gestos de gratitud sincera y desprendida aún existen. A veces solemos agradecer alguna ayuda que recibimos como un gesto de educación hacia alguien que «solo hace su trabajo». Obviamente la señora no tenía obligación alguna a traerme ningún refrigerio por la ayuda que le presté; pero aun si la señora hubiese llegado con las manos vacías, sus palabras y la amabilidad en sus expresiones compensan la ayuda que puede darle.

De todos modos, un pequeño refrigerio para aliviar las horas de trabajo siempre cae bien 🙂

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