Pichanga

Sin miedo al qué dirán

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Durante la secundaria, sobrevino una ola de participaciones en concursos académicos entre colegios. Y el mío no podía quedar atrás. Así que a alguien se le ocurrió que nos den clases de reforzamiento en matemática por las tardes, después de clases, para adquirir «más nivel» y tener una mejor participación en tales concursos.

Un cierto día, estando yo en quinto año, llegamos temprano a una de dichas clases. Como el profesor aún no llegaba, los chicos decidimos jugar una pichanguita para matar el aburrimiento, en tanto que las chicas se fueron por su lado a conversar entre ellas. Y estuvimos un rato peloteando hasta que alguien dio el aviso: El profesor ya había llegado, y estaba esperando a que vayamos al salón.

Las chicas comenzaron a entrar, pero entre los chicos surgió una idea: ¿Para qué entrar a una clase aburrida de matemática? Mejor era quedarse a seguir jugando… Prácticamente todos estuvieron de acuerdo en no entrar a clases, pero yo sabía que eso estaba mal. Aun así, en ese momento no tuve el aplomo suficiente como para darle la contraria a la mayoría, pues dado que yo era uno de los que más participaba en los concursos (y por eso entendía la importancia de tales clases de reforzamiento) y siempre sacaba buenas notas en matemática, mis compañeros (creía yo) me veían como uno de los «favoritos» del profesor, o uno de los que siempre hacía lo que el profesor dijera. Y mientras veía de reojo, a lo lejos, al profesor que nos observaba desde la puerta del colegio, opté por dejarme llevar por la presión del grupo y quedarme con ellos jugando.

Al cabo de un rato, mientras seguimos jugando, el profesor salió y nos mandó a llamar a todos los que estábamos afuera jugando. Nos formamos en fila, frente a la puerta del colegio, y él nos preguntó a todo el grupo por qué no habíamos entrado a su clase. Uno de los chicos fue quien confesó la idea, lo que evidentemente no le cayó nada bien al profesor.

Pero entonces vino lo inesperado: El profesor me preguntó a mí directamente si yo «había llegado recién o hace rato» (como una forma sutil de preguntar si yo había decidido no entrar al salón para quedarme jugando con mis amigos o si me encontraba allí por pura coincidencia). No pude mentirle, le dije que había llegado hace rato. El profesor no me dijo nada más, se limitó a negarnos la entrada al salón y nos mandó a nuestras casas.

Al día siguiente, nuevamente fuimos castigados: Durante el horario normal del curso de matemática no nos dejaron entrar al salón de clases, los chicos nos quedamos en formación, en el patio del colegio, con nuestros libros en mano, estudiando. Y una nota en nuestra libreta de control para nuestros padres.

Cuando mi mamá leyó la nota, me preguntó por qué había hecho eso. Yo sabía lo que había hecho mal, peri no sabía cómo explicarlo. Y ella me dijo: «¿Fue para que no te dijeran que eres un sobón?» Ahí entendí todo, y le dije que sí.

Ese fue un punto de quiebre para mí. Entendí que no es bueno dejarse llevar por la corriente o hacer cosas (o dejar de hacerlas) por miedo a la presión del grupo o a lo que otros puedan decir o pensar de uno. Me fijé la meta de ya no dejarme llevar por eso.

En los días siguientes aún se comentaba aquel incidente entre mis amigos, y uno de ellos destacó el hecho de haberle dicho la verdad al profesor sobre mi hora de llegada (dijo algo como «miren, él pudo haberle dicho al profe que había llegado recién y le pudo haber dejado entrar, pero eligió decirle la verdad»). O sea que, dentro de mi falta, algo bueno había hecho por lo menos. Y eso me dió ánimos para cumplir mi meta trazada.

De eso han pasado años. Ahora, ya poco o nada me importa lo que piense la gente. No seré una persona modelo y no siempre voy con los gustos de la mayoría, pero no perjudico a nadie (o al menos eso intento), me siento bien conmigo mismo y tengo la conciencia tranquila. No es algo fácil, a veces uno se ve tentado a ceder (no sé si a todos les pasa), recuerdo este incidente y entiendo que es lo mejor. Y si a alguien no le gusta o no lo aprueba, es problema de ellos, no mío 😉

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