Tarjetas bancarias (crédito o débito)

[Actualizado] ¿Mi número de tarjeta de crédito por teléfono? No, gracias

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De cuando en cuando recibo llamadas de diversas personas o empresas intentando venderme algo. Con ellas casi siempre tengo al menos el gesto de escucharlas en lugar de solo despacharlas con un «ahorita no, joven» (y si lo hago es porque estoy realmente ocupado). La última de ellas ha sido de las clínicas Oncosalud. El objetivo: Suscribirme a un plan de salud por si ocurría la eventualidad de padecer un cáncer.

Evidentemente, y dada la situación de inseguridad enorme en la que vivimos, uno no puede confiarse así como así. Y cuando uno recibe este tipo de llamadas, me salta siempre la duda de si la persona del otro lado de la línea es realmente quien dice ser. De todos modos accedí a escuchar su oferta. Todo iba muy bien, y la señorita que me llamó estaba a un paso de concretar su venta, cuando llegamos al tema de la forma de pago. La idea era debitarme de la tarjeta de crédito para hacer el pago, cosa que puede ser muy normal en otros servicios; pero en este caso la señorita pretendía que yo le diese por teléfono no solo el número de mi tarjeta de crédito (ni siquiera los 4 últimos dígitos, sino todo el número completito), sino además la fecha de vencimiento y el código CVV. Y toda esta información se la tenía que dar en ese momento por teléfono. La primera señal de alarma se encendió.

Claro, es hasta cierto punto lógico que para hacer un pago con mi tarjeta de crédito sin tener un lector de bandas magnéticas o terminal POS (esos aparatitos donde uno pasa la tarjeta para pagar) tenga que indicar al establecimiento los datos de la misma (es lo que hacemos cuando compramos por Internet, por ejemplo). Y fue este el argumento que utilizó la señorita para justificar su pedido de los datos de mi tarjeta. El detalle, como se lo acoté en ese mismo momento, es que cualquier persona que tenga esos datos de mi tarjeta podía usar esos datos para cualquier otra compra (recordemos que todo eso fue por teléfono, así que el único indicio que tenía sobre quién era esta señorita era su palabra por teléfono). ¿Qué me respondió ella? Que no había ningún riesgo, porque la información confidencial de la tarjeta estaba en su banda magnética (la misma que escanean los clonadores de tarjetas bancarias con otro lector de bandas magnéticas). De nuevo, eso puede ser cierto para compras en tienda física, pero no para compras en línea. Luego me habló de la clave de 4 dígitos de la tarjeta, haciendo hincapié de que ese dato no me lo estaba pidiendo y que sí era confidencial. Pero parece que la señorita no sabía que esta clave solo es necesaria para hacer operaciones con cajero automático, pero no para realizar pagos.

El plan B

Al notar mi desconfianza, y viendo quizá que no daba mi brazo a torcer, la señorita de Oncosalud me ofreció un plan B: Ir a mi casa al día siguiente para allí tomar mis datos y los de mi tarjeta para proceder con el contrato del plan. Acepté su oferta, movido más por la curiosidad de saber quién era ella realmente y qué pasaría al día siguiente que por el servicio en sí.

Unas horas después, para mi mala suerte, mi celular se había apagado por batería baja. Luego de conectarle el cargador, lo encendí y a los pocos segundos me llega un SMS firmado por la señorita de Oncosalud: Le había salido una reunión importante que se cruzaba con la cita en mi casa, y que ya no podía ir.

¿Coincidencia..?

Una de las cosas que me dije en ese momento fue «Probablemente esta persona no era de Oncosalud, era una estafadora, que cuando vio que lo le ligó el plan de sacarme los datos de mi tarjeta de crédito, inventó el rollo de la visita y luego sacó una excusa de la manga (su reunión inesperada) para desistir». Si bien es posible que algo así haya ocurrido, honestamente no puedo asegurar que eso haya ocurrido realmente, pues más allá de mi desconfianza no tengo otros motivos para determinar si ella me decía la verdad o no.

El segundo intento

Por un momento imaginé que, si la señorita decía la verdad, me volvería a llamar para finalmente concretar su venta (cosa que al fina de cuentas le conviene a ella). Pero nada. Pasaron los días y la chica no volvía a llamar, lo que reforzaba más mi desconfianza.

Ayer, sin embargo, me llaman nuevamente de Oncosalud. Era otra señorita, y al principio hablaba como si Oncosalud me estaba llamando por primera vez. Aunque me di cuenta de ese detalle en ese momento, me hice el loco y la escuché por unos minutos, pero luego le dije que ya había recibido una llamada de otra señorita ofreciéndome lo mismo. Me dijo entonces que sí, que en sus registros figuraba esa llamada anterior (y me dio el nombre completo de la señorita de la vez pasada, nombre que confirmé yo). Le expliqué de mi desconfianza en dar los datos de mi tarjeta por teléfono y me ofreció nuevamente la opción de visita a mi casa.

Llegó el día y la señorita de Oncosalud finalmente llegó a mi casa. Lamentablemente para ella, había llegado 45 minutos después de la hora acordada (me había llamado diciendo que llegaba «en 10 o 15 minutos» pero acabó demorándose más del doble), y para su mala suerte yo ya no podía atenderla a esa hora porque tenía una reunión de trabajo. Lo bueno fue que al menos pude ver a la señorita de Oncosalud y, a juzgar por su presentación y de todo el material que llevaba consigo, tenía toda la pinta de ser realmente una trabajadora de Oncosalud y que, al final de todo, la oferta era real (o al menos la segunda llamada).

Pero ellos no son los primeros

Antes de Oncosalud hubo otra empresa de salud (vaya coincidencia) que también me llamó años atrás para ofrecerme sus servicios, también pagando con mi tarjeta de crédito y también pidiéndome el número de la misma por teléfono. En esa oportunidad también me negué a darles esa información por los mismos motivos. Su respuesta, sin embargo, fue más disuasiva: No me ofrecieron la opción de visita a domicilio (como sí hizo Oncosalud), pero sí me dijeron que podía acercarme a su local principal para contratar el servicio sin dar ningñun dato por teléfono, aunque claro, «a otro precio» («aproveche casero» parecía ser la consigna).

¿Se justifica mi desconfianza?

De cualquier modo, me sigue pareciendo inseguro dar los datos de mi tarjeta al primer fulano que me los pida bajo el argumento de contratar un servicio o realizar un pago por algo.

Repasemos cómo se hace una compra en línea con tarjeta de crédito: Cuando llega el momento de realizar el pago con la tarjeta, la página nos pedirá los siguientes datos:

  • Número completo de la tarjeta.
  • Nombre del titular.
  • Fecha de vencimiento.
  • Código de seguridad (opcional)

De esos, los 3 últimos eran los que me pidieron dar por teléfono (y mi nombre ya lo sabrían al tomarme mis datos para el contrato). ¿Qué le impediría a un eventual estafador telefónico entonces hacer compras con mi tarjeta de crédito teniendo estos datos?

O sea, ¿fueron las señoritas que decían ser de Oncosalud unas estafadoras? parece que no. ¿Pudieron serlo? O menor dicho, ¿puede alguien estafar bajo la misma modalidad? Pues claro que sí. Y en estos tiempos lo menor es no confiarse. Pedir en todo caso medios de pago alternativos o de plano rechazar la oferta, por muy tentadora que sea.


Actualización 2015-11-16: La semana pasada reapareció la señorita de la que hablé al principio de esta entrada. Y resultó que realmente era quien decía ser, o sea que su historia en la primera llamada resultó ser verdad. Dentro de todo, eso es bueno 🙂

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